Amar en tiempos de Pandemia y Duelo

Tomo el título prestado de la famosa novela: El amor en los tiempos de cólera de Gabriel García Márquez, una gran historia de amor que se construye y resiste varios años, situaciones y lugares diferentes. Pero eran otros tiempos; tiempos de cocción lenta y espera (a principios del siglo XX).

En los tiempos del 2.0, de las redes sociales y las cada vez más relaciones virtuales, basadas en likes, en el postureo y cantidad de seguidores, resulta que llega un pequeño virus con el dudoso regio nombre de “coronavirus” y nos obliga a confinarnos en nuestros hogares (si es que lo tenemos), para evitar la letal propagación del mismo.

Se da la paradoja que todos y todas aquellos/as que están en contacto con el “bicho” se imponen estrictos protocolos de distanciamiento social, incluyendo -por encima de todo- a la propia familia (hijos, hijas y parejas) con toda la dificultad y complejidad emocional que ello pueda suponer.

Por otro lado, se prohíbe el con-tacto y el tacto, el abrazo, las caricias y “ay!” cómo lo echamos de menos! Como los protagonistas de la novela, Florentino Ariza y Fermina Daza, en la actualidad se ingenian otras tantas maneras de salvar el escollo que nos imponen las pantallas, las paredes y las distancias de nuestros seres queridos, tendiendo puentes virtuales a base de besos y abrazos en forma de emojis.

Paradójicamente, lo prohibido, por efecto de la prohibición convoca a su deseo, como la manzana de Eva. En otras palabras, lo que se prohíbe se desea.

Hace poco leía el tweet: “Tengo ganas de que vuelvan a dejar salir de casa para quedarme todo el día en casa”, tal cual. Basta que nos hagan quedar en casa para desear volver a ser dueños de nuestra libertad de movimientos, decisiones y de nuestros afectos. Basta que no nos “dejen” abrazarnos para que lo que más deseemos en el mundo sea abrazarnos.

Hay abrazos, quizás el más importante y real -no ficticio ni virtual- que no se han podido dar estos días, y es el de poder acompañar a los familiares o seres queridos que han enfermado y fallecido finalmente. Ni siquiera una despedida, un ritual o ceremonia. Se requiere de grandes actos de fe, coger aire y esperar, con el corazón encogido que alguien, algún ser humano (personal sanitario) le haya acompañado con algún gesto, alguna palabra, para no dejarlo completamente solo/a en su último acto.

También en estos -nuestros- tiempos que corren, se han disparado cantidad de muestras de solidaridad que, viviendo en una sociedad del “do it yourself”, del neoliberalismo e individualismo como máximo exponente, tiene mérito. Es interesante pensar que la solidaridad nace y se reproduce en situaciones en las que nos sentimos amenazados como individuos, pero también como especie. Parece que sólo cuando nos setimos en peligro, se nos activan los instintos de supervivencia y tenemos más presente que nunca lo que leí en algún lado poco antes de esta situación de confinamiento: “Nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo”.

Me pregunto cuánto de todo ello quedará cuando pase el peligro, se abra la veda y cada cual vuelva a “lo suyo”: a recuperar la economía devastada, a elaborar el duelo por los familiares perdidos, a restaurar leyes dominantes y poco humanitarias… Y nos olvidemos de decir lo más importante a nuestros seres queridos: te quiero; gracias por estar ahí, para acabar fundiéndonos en un gran abrazo universal, sin temer a la muerte por ello.

Gabriela Leibenger. Equip Clínic CIPAIS
Psicòloga col. 12317

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